viernes, 5 de noviembre de 2010

Con Bruno


Bruno mira fijamente a la ventana porque sabe que si quisiera podría salir volando a través de ella. Ninguno de nosotros conseguiríamos detenerle, porque Bruno es de los que tiene dentro de él ese punto de caracter que le hace poseer una visión diferente, esa que plasma en su mirada cargada a veces de melancolía.
Comprende el idioma de los árboles, por eso les mira a través de los cristales, porque le cuentan historias que le hacen olvidar por unos minutos sus deseos de surcar el aire y correr libre por donde él quiera.
Sus ideas son claras, lo que quiere te lo dice, y si no quiere se queda en silencio aunque le insistan. Porque es dueño de sus palabras y nadie tiene capacidad de arrebatárselas.
Está cansado pero no se rinde, porque Bruno no es de los que se rinde tan facilmente.
Tiene un corazón especial lleno de estrellas, de luces iridiscentes que se reflejan de esa forma tan particular, tan propia.
Creo que los dos nos entendemos, quizá porque somos igual de celosos con nuestros pensamientos, con nuestros sueños y nuestros silencios. Por eso sabemos regalarnos sonrisas por dentro, esas que los demás no son capaces de ver pero nosotros tenemos.
Aunque hace días que no voy a verte, les pregunto por tí a los árboles, porque al igual que tú, pequeño amigo, yo también les entiendo.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Bombardeo de melopidos


El otro día estaba recién levantado, con los pelos todavía de punta y la legaña colgando, y encendí la televisión mientras comenzaba a desperezarme. Los días de fiesta sirven también para eso, para levantarse sin que el despertador te meta prisa y para destrozar el sofá mientras en un acto automático pulsas los botones del mando a distancia.
Es más que probable que todos nosotros recordemos la edad en la que la navidad era el tiempo del juguete, de las revistas de El Corte Inglés o de Galerías Preciados. Era un ritual que no podía faltar, armase de lápiz o boli, y llenar de cruces el folleto para que los Reyes Magos tuviesen claras las preferencias.
Las cosas han cambiado bastante, gracias en gran parte a los intereses comerciales y publicitarios, que marcan el calendario de forma casi obligatoria.
Cada año llega antes la Navidad, dentro de poco tendremos turrones en agosto y la imagen de Papá Noel será con bañador tanga rojo (como Coca Cola manda) en las playas de Peñíscola. Nos quejamos, pero nos rendimos facilmente.
Dejando las divagaciones a un lado, me centro en mi momento de sofá recién levantado.
Me quedé atrapado durante varios minutos en una secuencia interminable de anuncios de juguetes. Mi primer pensamiento fue de agobio estresante en solidaridad con los pequeños que debían estar viendo en ese momento lo mismo que yo.
Muñecos que hablan, que lloran, que echan unos cagarrillos más grandes que los del caniche de la vecina del cuarto. Un juego de sacar mocos a una cabeza que explota si extraes el perdigón equivocado, coches que cambian de color, Playmobil versión año 2000 y la superestrella Barbie, que creo que ya no le queda profesión ni afición por experimentar.
Un bombardeo continuo en el que imaginaba a miles de niños sentados frente al televisor, lanzando exclamaciones de ¡Me lo pido! a diestro y siniestro, con los ojos desorbitados de tanta experiencia comercial.
Lo mejor son las aclaraciones, supongo que obligadas por ley, en las que se pueden leer frases curiosas como que la nave de Lego Star Wars tienes que armarla tú. Hasta ahí obvio. Pero se superan cuando te aclaran que la nave no vuela sola.
Gracias por la aclaración. Lo digo de todo corazón, ojalá me hubieran hecho una advertencia semejante cuando metí mi barco pirata de playmobil en la bañera.
El dato que aportan con más frecuencia es el precio, casi todo supera los 60 euros. Y eso sí, si quieres la muñeca y el carrito, se venden por separado. ¿Y las pilas?, ¿me podrían decir por qué les cuesta tanto añadir dos miserables pilas a un dinosaurio que gruñe que cuesta una pasta?
A este paso, con el adelanto de las campañas publicitarias de los juguetes, los niños se van a volver locos con todo lo que les entra por los ojos y quieren pedirle a los Reyes.
Después de darme el atracón juguetero, cambié el canal y vi la noticia de la declaración de la renta hecha pública por María Dolores de Cospedal, al ver lo que gana en un año me salió mi más podrido espíritu infantil y con los ojos desorbitados me dejé la garganta gritando ¡Me lo pido!

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Érase una vez...


Había una vez, en un lugar muy muy lejano, dos hermanos mercaderes que eran conocidos en todo el reino y más allá de sus confines, por su codicia y su malvado comportamiento.
Poseían un fructífero negocio que les proporcionaba grandes cantidades de monedas de oro e innumerables caprichos. Se podían permitir las mejores telas para sus trajes, los carruajes más espaciosos y de caballos más veloces, además de palacios situados en los mejores emplazamientos.
Parte de su éxito se lo debían a los artesanos que trabajaban para ellos, que eran capaces, con mínimos recursos, de fabricar los más bellos productos y las joyas más deseadas para cualquier comprador.
Sin embargo, lejos de ser premiados por ello, trabajaban bajo amenazas y tratados con las peores formas, con humillaciones e insultos. Recibían tan sólo una pequeña parte de la riqueza que generaban, mientras que los malvados mercaderes se quedaban con la mayor parte para saciar su sed de oro.
Una mañana, acudió a uno de sus negocios un anciano que apenas tenía fuerzas para tenerse en pie, pero que deseaba comprar un nuevo traje.
Los artesanos le trataron con la mayor de las delicadezas y le diseñaron su nuevo vestuario a medida. Los mercaderes que andaban por allí, quisieron cobrarle el doble de lo establecido al ver que se trataba de un pobre viejo desvalido.
Pero las apariencias engañan, así que cuando el anciano sintió el embuste, un fogonazo de luz salió de su interior provocando una transformación total en su cuerpo. Se convirtió en un joven hechicero, que para sorpresa de todos, lanzó un conjuro contra los dos hermanos que les transformó por completo su voz.
Cada vez que abrían la boca para intentar hablar, salían de su interior ruidos atronadores, sapos y culebras.
A cambio, a los artesanos que tan bien le habían tratado, les cubrió de oro y con ello les pagó su libertad. Pudieron montar sus propios negocios además de quedarse con todos los clientes de los dos mercaderes, que perdieron toda su fortuna y jamás pudieron prosperar porque al intentar cerrar un trato, de su boca sólo salían esos sonidos desagradables y bichos.
Y así vivieron felices y comieron perdíces, porque toda actitud positiva y el trabajo bien hecho tiene un buen fin, mientras que a todo cerdo, siempre le llega su San Martín.
Colorín colorado...

martes, 2 de noviembre de 2010

¿Lo digo o no lo digo?


Nunca me han gustado los cobardes de mente, de boca y de espíritu. Tampoco los que confunden la valentía con la insolencia o la soberbia. Dicen que en el punto medio está el equilibrio y yo me lo creo. Lo dificil es alcanzarlo. No basta con creerse el más sincero, sino serlo sin que implique herir a los demás o pisotear sus opiniones como si no tuvieran valor alguno.
Me gustan las personas que te miran a los ojos cuando la ocasión lo merece, pero no los que ponen todo su empeño en dejar fija la mirada y mantener el contacto visual. Siempre me ha parecido una forma de agresión ficticia, porque en el fondo no dicen nada con su mirada, sólo es una pretensión de parecer más seguros cuando en realidad no lo son.
No me gustan los hombres que dan la mano floja, con desgana, sin transmitir su presencia. Tampoco soporto a los que pretenden partir una nuez inexistente entre tu mano y la suya, en un intento absurdo de demostración de firmeza, fuerza y personalidad, que desde mi punto de vista denota todo lo contrario. Necesitan apretar para que no se les note su debilidad.
Me cansa ver hombres manipulados por mujeres malintencionadas y mujeres sometidas por hombres indeseables. Las parejas deben completarse las carencias mutuamente, pero jamás convertirse en muñeco y titiritero.
Me enfadan los que se aprovechan de la bondad de los demás y hacen de ella su costumbre sin que implique un mínimo agradecimiento.
Las personas cambian con demasiada facilidad y critican lo de otros sin darse cuenta de que lo suyo quizá no sea mucho mejor.
Me gusta que me digan que estoy equivocado para poder debatirlo hasta convencer o ser convencido.
Huyo de los que basan su discruso en complejos de inferioridad y en inseguridades propias o creadas por un tercero.
Para el que no conozca el dibujito de arriba les diré que se llama Patricio, con su frase característica de ¿lo digo o no lo digo?. No lo digo...vale, lo digo.
Si tienes algo que necesitas decir, dilo. Pero si lo que vas a decir no va a mejorar el silencio, mejor no lo digas.